17 octubre 2012

Descalificador (374)

Lo primero de todo, pediros perdón por la "largura" de éste post, pero no he podido sintentizar más. Yo sufrí los efectos de un descalificador. Han pasado ya muchos años. Entiendo que son etapas de la vida; la juventud, el querer agradar, el qué dirán. Pero hoy, un poco más entrado en años y con bastante menos pelo -posiblemente algo tuvo que ver-, cada que vez que recuerdo aquella etapa, me ronda por la cabeza siempre la misma duda: ¿y si lo hubiera cogido del cuello?.  Hay un dicho que dice que uno no se arrepiente de lo que hace, sino de lo que no hace.
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¡No!, posiblemente la hubiera fastidiado. Aquel tipejo, me acosó, me amargó la vida y me hizo vivir en un estado de incredulidad y de duda constante. Como si de una peonza se tratase, iba y venía a su antojo. Me difamaba por detrás y me alababa cuando le llamaba por teléfono para preguntarle si era verdad aquello que decía de mí a mis espaldas. Era un embaucador, un maestro de la mentira. Un vago.
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No quiero seguir. Se me calienta la cabeza, la lengua y también los dedos mientras tecleo. Prefiero pensar que en el transcurso de éste tiempo, haya encontrado zapato de su medida. Además, no pretendo alimentar a la violencia.
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Bernardo Stamateas en su libro “Gente Tóxica”, nos muestra -entre otros- cómo son y cómo se comportan esos a los que llama Descalificadores. Tomad nota de lo que dice y no os permitáis caer nunca en las garras de un “bicho” de éstos.
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La mentalidad de la persona descalificadora es avasallante y precisa. Sabe con exactitud cuál es el dardo que saldrá de su boca, ya que su fin es destruir tu estima. Es detallista: observará a la perfección cada una de tus acciones para poder así determinar en qué momento disparar los perdigones. Sus movimientos son tan minuciosos que la víctima no se da cuenta del lugar que le está cediendo a esta persona y de lo destructiva que su manipulación puede llegar a ser.
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El descalificador se encargará de hacerte cumplir sus exigencias o, de lo contrario, te hará la vida imposible. Sea como fuere, querrá conseguir que pienses, sientas y acciones sólo como él lo desea.
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Pretenden "ser perfectas"; el descalificador jamás podrá admitir un error, y por supuesto no sentirá culpa por nada; por otro lado nada de lo que sucede obtiene su atención, con excepción de aquello relacionado con lo que él quiere alcanzar. A medida que su víctima le deja espacio, él va ganando territorio. Al cabo de los meses y de los años, su humor será más irritable y sus contestaciones más hirientes hasta verse convertido en un ser sumamente difícil para la convivencia.
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Control, poder y más control y poder, es lo que anhelan estas personas: control sobre tus emociones y tus acciones. La persona descalificadora se tomará tiempo para conocerte; poco a poco, encontrará una forma de satisfacer tus necesidades, de llevarte paz y cooperar contigo, para que, una vez que le hayas dado toda tu confianza, sean sus palabras y sus decisiones las que tengan poder y peso sobre tu vida.
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Dudarás de tus capacidades y te preguntarás "¿no será que él tiene razón?, yo no puedo con todo esto." Y hasta llegarás a dar gracias de que esa persona esté a tu lado, aunque esté convirtiendo, -sin que tú te des cuenta-, tu servicio o trabajo en servilismo.
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Desde ese lugar de autoridad y poder, toda palabra que salga de su boca será aceptada por ti, y como no sabrás cómo manejar la frustración y la desvalorización continua que recibes, reprimirás toda la bronca contenida. Como no serás capaz de enfrentar la situación, inconscientemente te equivocarás más seguido, quedando expuesto a la palabra autorizada que descalifica y subestima todas tus emociones y capacidades.
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Su forma de pensar es "yo crezco y tengo poder si soy capaz de destruir tu estima y controlarte." Sin embargo, esa necesidad ilimitada de demostrar poder sólo es el resultado de una estima baja, herida, que encuentra valor a sí misma hiriendo y lastimando a otro.
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Los hallaremos siempre con un ego altísimo, capaz de invalidar cualquier acción o a cualquiera que trate de superarlos. Son seres que proyectan en los otros todas las frustraciones e inseguridades que no les permitieron crecer ni desarrollar su potencial y sus sueños.
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Sin embargo, no es tu destino ni el mío el tener que convivir con personas cuya meta es limitarte y lastimar permanentemente tus emociones, ni tampoco nos compete ser su socorrista.
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A partir del momento en que recibimos la ofensa o el maltrato, lo primero que se activa en nuestra mente es el preguntarnos y cuestionamos si algo de todo lo que se dijo es verdad o no, y cuánto hay de cierto y cuánto de error en las insinuaciones que se nos hacen. Cuando operamos bajo este modelo comenzamos a darle más crédito a las palabras del descalificador y a su manipulación que a nuestra propia convicción y acción. Creamos de este modo diálogos internos, derrochamos fuerzas en batallas estériles, en responder a ecos difíciles de acallar, envenenando nuestra mente con falsas profecías y manipulaciones que no merecernos.
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La posición de víctima no solo traerá angustia y frustración a tu vida, sino que también te transformará en la presa preferida del descalificador, y lo peor de todo es que si por un instante te animas a responder a su agresión, la culpa por responder y defenderte te producirá una angustia aún mayor.
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Pero, ¿cómo hacerlo?, ¿cómo controlar al descalificador?. Podemos confrontar al descalificador, pero esto no dará buen resultado: él siempre dará vuelta todo el asunto para salir ileso de la situación y hacer que tú quedes con toda la culpa y la responsabilidad del asunto. En casos como éste, él te podrá decir: "¿De dónde sacaste esa idea de que yo te estoy usando?, yo soy tu amigo y nunca te utilizaría", con una voz dulce y llorosa que te hará pensar: "Tiene razón, qué tonto, cómo pude pensar eso de él", con lo cual te llenará de angustia y remordimiento sentir que pensaste mal de él, tornando el descalificador un mayor control no sólo sobre tu mente sino sobre la situación en general.
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Otro método no muy aconsejable para controlar al descalificador es, simplemente, actuar como él: eres descalificado, entonces descalificas, y así sucesivamente. Sin embargo esta solución no es la óptima, ya que si la eliges, te estarás sumando a su juego, corriendo el riesgo de salir nuevamente herido.
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Claves para tratar con un descalificador:
  • No lo contradigas: ésta es una batalla que nunca vas a ganar si lo contradices abiertamente; si insistes con esa estrategia, él se cobrará tu hazaña, ya que detesta ser confrontado. Es vengativo, y si lo humillas, tu nombre estará escrito en su memoria para siempre. 
  • No lo confrontes en público: por cierto, esta es una humillación que no dejará pasar por alto. ¿Cómo te atreviste a ofender o a desautorizar la palabra del todopoderoso? 
  • Acércate al descalificador: no seas su amigo, simplemente acércate, para que no te hiera.
  • Sé sutil: pequeños gestos y conductas logran grandes cambios; tal vez te suene medio loco, pero es una buena forma de empezar. 
  • Míralo y sonríe: este es un método más que sencillo para que tomes el control de la situación; suponte que el descalificador está frente a un grupo de cinco o seis personas y lo primero que hace es ponerse a discutir contigo con el único objetivo de demostrar quién tiene el poder. En este caso, lo que debes hacer es mirarlo con "cara de nada", sonreírle y darle a entender que lo has escuchado, para así revertir lo más rápido posible la situación de tensión. Sé que es difícil, pero se puede. 
  • La conclusión final es "no caigas su juego", no cedas a sus golpes bajos.
  • Comienza por priorizar tu vida, cuida tus emociones, deshazte de toda la gente tóxica que por años estuvo cerca tuyo y sigue tu camino.
  • Aprende a ser independiente, a ser el constructor de tu propio destino.

Gracias, Bernardo Stamateas. La lectura de su libro ha hecho cerrar un amargo capítulo de mi pasado. 
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Buena Cortesía

3 comentarios:

Daniel Arroyo dijo...

Hace unos dias me encontré con una persona asi, la experiencia me sirvió para que no me afecte como en el pasado..nunca me imagine que un texto describiera tan bien a esta persona.

Saludos y animos.

Margarita dijo...

Me asusta y reconforta a la vez esta serendipia nuestra, Fernando. Una de mis hijas, brillante estudiante, respetuosa, educada, inteligente, lúcida y por lo tanto, pensadora por cuenta propia, tuvo en uno de sus profesores -que para más inri era el tutor del curso- en 1º de ESO a su propio descalificador. Fue algo durísimo para ella y para nosotros como padres, que, como luchadores que nadaron contracorriente, también recibimos nuestra porción descalificadora, a traición por la espalda. Sin embargo, dentro de la amargura de aquella experiencia, aquello tuvo su parte positiva. Mi hija creció en fortaleza, en valentía y en valores. Nunca cedió, ni se acercó -ni un ápice-; se mantuvo firme en la propia lucha de mantener a flote su criterio y su autoestima. Un día, en clase, donde todo sucedía ante la temerosa pasividad del resto, el indivíduo preguntó sobre sus espectativas cara al futuro. Chulescamente se dirigió a ella esperando que ese sería el momento en el que cuando ella se manifestara, él, más viejo, con más escuela y malicia, la hundiría definitivamente. Maestra, contestó ella. Él la miró estupefacto. Sí, creo que sólo habiendo más gente como yo en la enseñanza, podrá haber menos como usted, le espetó. Creo que él no esperaba aquello. A día de hoy mi hija es profesora y vuelca su trabajo en personas que por diferentes motivos tienen dificultades de aprendizaje. Aquel indivíduo, en su afán por destruir su autoestima la convirtió en alguien mejor. Definitivamente, lo que no mata, fortalece. Final y felizmente, aquel maltratador psicológico, aquel monstruo al que parece que sólo nosotros -en nuestra paranoia paternal-reconocíamos, acabó por ser visto por los otros. Dos años después fue apartado de la enseñanza. Sonreí pensando en todos aquellos a los que ya no podría herir. Y francamente, me importa un carajo lo que haya sido de él.

Por eso, respecto a los consejos, discrepo en la táctica del acercamiento: creo que eso implica en cierto modo cerrar los ojos. Si uno se acerca tendrá que cerrar los ojos -el que calla otorga y eso no va conmigo- cuando el descalificador vuelque su "entregada lucha" ,cosa que hará, en otra persona aún más débil que tú y que, sin dudarlo buscara en tu entorno. Ese ponerse a salvo, si es así, para tener que callar cuando se dirija a otro de mi círculo, no me vale y me haría un daño interior casi peor.

Perdona la extensión, Fernando. Aunque en esta ocasión la historia, pese a estar muy resumida, lo necesitaba.

Un fuerte, cálido y solidario abrazo.

Fernando Abadia dijo...

Gracias Daniel. coincido contigo acerca de lo del texto escrito por Bernardo. Aunque lo que nos cuenta Margaria, amí me ha dejado boquiabierto.

Margarita: guau, me alegro mucho de nuestras semejanzas. A veces me tildan de "ruaro".

Me descubro ante tu hija. Qué magnífica lección. Permíteme transcribirla de nuevo:
"Sí, creo que sólo habiendo más gente como yo en la enseñanza, podrá haber menos como usted, le espetó."

me descubro ante ella. Ojalá forje en mis hijos -mi hija está en esa edad-, la capacidad de respuesta, sosiego y saber pensar por sí sola que tuvo tu hija.

Dale un abrazo de mi parte. Otro para tí.

Cuidaos